Colombia ha vivido en las últimas semanas varios episodios de actividad sísmica que han vuelto a poner sobre la mesa una pregunta que no debería aparecer únicamente después de un temblor: ¿qué tan preparados estamos para responder ante una emergencia?
El 10 de agosto de 2026, un sismo de magnitud 7,4 tuvo epicentro en San José del Palmar, Chocó. En septiembre, el Servicio Geológico Colombiano reportó también una importante actividad sísmica en Chaparral, Tolima. Estos hechos recuerdan que vivimos en un territorio donde los movimientos sísmicos hacen parte de la realidad y que la preparación no puede depender de que ocurra un evento para empezar a hablar de ella.
Sin embargo, hay algo que sigue llamando la atención: la poca seriedad con la que muchas veces se toman los simulacros.
Cuando el simulacro se convierte en una broma
En empresas, conjuntos residenciales, instituciones y comunidades todavía es común encontrar personas que conversan, se ríen, miran el celular o esperan simplemente a que el ejercicio termine. También están quienes ni siquiera participan porque consideran que es una pérdida de tiempo.
Hay que decirlo sin rodeos: no tomarse en serio un simulacro es desperdiciar una oportunidad de preparación.
Un simulacro no está diseñado para entretener ni para cumplir con una actividad más del calendario. Su propósito es poner a prueba lo que se ha planificado, verificar si las personas saben cómo actuar, identificar fallas y corregirlas antes de que una emergencia obligue a responder bajo presión.
Si durante el ejercicio nadie presta atención, nadie sigue las instrucciones y nadie observa lo que está fallando, difícilmente se podrá saber qué funciona cuando llegue el momento de la verdad.
¿Para qué hacemos simulacros?
Los simulacros permiten comprobar mucho más que una evacuación. Sirven para revisar rutas, tiempos de respuesta, comunicación, puntos de encuentro, coordinación, roles, sistemas de alarma y capacidad de reacción. También permiten descubrir problemas que desde un escritorio pueden pasar inadvertidos.
Una puerta que no abre, una ruta bloqueada, una alarma que no se escucha, una persona que desconoce su función o una instrucción que genera confusión pueden parecer detalles durante un ejercicio. En una emergencia, no necesariamente lo serán.
Por eso, los simulacros deben formar parte de las acciones permanentes de empresas y comunidades. No basta con tener un documento, un plan de emergencias o una brigada registrada. Hay que poner a prueba lo que se supone que debe funcionar.
Cuando llega el miedo, ya no es momento de aprender
Una emergencia cambia completamente el escenario. El ruido, la incertidumbre, el miedo y la necesidad de tomar decisiones rápidas pueden hacer que una situación sea mucho más difícil de manejar. En ese momento no es razonable esperar que las personas aprendan desde cero qué deben hacer, hacia dónde deben dirigirse o a quién deben escuchar.
La preparación no elimina el miedo ni garantiza que todo salga perfecto. Lo que hace es reducir la improvisación y facilitar una respuesta más organizada.
Por eso, un simulacro no debería verse como una pérdida de tiempo. Es el espacio para practicar, detectar fallas y corregir aquello que podría convertirse en un problema durante una emergencia real.
Los simulacros deben responder a los riesgos reales
El próximo 21 de octubre de 2026 se realizará en Colombia el Simulacro Nacional de Respuesta a Emergencias, convocado por la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres. El ejercicio busca, entre otros aspectos, validar, decidir y mejorar. No consiste únicamente en evacuar un edificio. Permite comprobar cómo funcionan los planes, los protocolos, las comunicaciones, la coordinación y la capacidad de respuesta, además de identificar aquello que todavía necesita ser corregido.
Los riesgos cambian según el lugar, la actividad y las condiciones de cada organización o comunidad. Un sismo puede ser uno de los escenarios que deba contemplarse, pero también pueden presentarse incendios, inundaciones, deslizamientos, fugas o emergencias de origen tecnológico.
Por eso, los simulacros deben estar relacionados con los riesgos que realmente pueden ocurrir y formar parte de la preparación durante todo el año. Cada ejercicio debería dejar algo claro: qué funciona, qué falla y qué debe mejorarse antes de que una emergencia real ponga a prueba la capacidad de respuesta.
Cuando llegue el momento de actuar
Cuando una empresa, un conjunto residencial, una institución o una comunidad sea convocada a un simulacro, la participación no debería verse como una interrupción de la jornada ni como una obligación que hay que cumplir rápidamente.
Es el momento de prestar atención, seguir las instrucciones, identificar fallas y comprobar qué tan preparada está realmente la organización o la comunidad. Si algo no funciona durante el ejercicio, ese es precisamente el momento para corregirlo.

Una emergencia real no ofrece esa posibilidad. Cuando ocurre, ya no hay tiempo para explicar una ruta de evacuación, descubrir que una alarma no funciona o decidir quién debe asumir una determinada responsabilidad.
El simulacro es el momento para aprender. La emergencia es el momento para actuar.
La preparación comienza mucho antes de que ocurra una emergencia, cuando todavía existe la posibilidad de practicar, corregir y mejorar. Y cuando llegue el momento de responder, será esa preparación la que marque la diferencia.
Tomarse en serio un simulacro también es una forma de cuidar la vida.

