Frases

  • Sigue las instrucciones y cumple las normas. Si no las conoces pregunta. No improvises.
  • Presta atención al trabajo que realizas. La prisa es el mejor aliado del accidente.
  • Actuar de forma segura en todas las actividades de la vida debe constituirse en hábito.

Capacitaciones exprés y certificados: el riesgo oculto en seguridad

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En el mercado actual de la seguridad y la salud en el trabajo, la oferta de cursos, certificaciones y servicios crece a un ritmo acelerado. Capacitaciones exprés, programas obligatorios aprobados en pocas horas y certificados entregados sin una evaluación real se han normalizado. Todo parece cumplir con lo exigido: hay diplomas, registros y soportes. Sin embargo, la pregunta de fondo sigue sin respuesta clara: ¿qué tan preparados quedan realmente quienes deben proteger la integridad de los trabajadores?
 
La seguridad no debería reducirse a un requisito administrativo. Aun así, en muchos contextos se gestiona como un trámite más, impulsado por la urgencia de cumplir normas, evitar sanciones o cerrar contratos. En ese escenario, lo rápido suele imponerse sobre lo correcto, y la formación pierde su sentido preventivo.
 
Formación obligatoria sin profundidad técnica. Existen capacitaciones que, por su naturaleza, requieren tiempo, práctica y acompañamiento técnico. Trabajo en alturas, espacios confinados, manejo de sustancias peligrosas, investigación de incidentes o atención de emergencias no pueden aprenderse de forma superficial. Sin embargo, hoy es posible encontrar cursos que se “aprueban” sin prácticas reales, sin interacción con instructores experimentados y sin evaluación del criterio del participante.
 
El problema no es la modalidad virtual en sí, sino la ausencia de rigor. Cuando la formación se limita a diapositivas, cuestionarios automáticos y certificados inmediatos, el aprendizaje se vuelve frágil. La seguridad no se construye con clics, se construye con comprensión del riesgo y experiencia aplicada.
 
Certificados que no reflejan competencias. Uno de los fenómenos más preocupantes es la compra de certificados. Personas y empresas que ofrecen “gestionar” cursos obligatorios sin que el participante estudie, se evalúe o practique. El certificado llega, el requisito se marca como cumplido y la organización asume que está protegida. En la práctica, lo único que se ha adquirido es una falsa sensación de seguridad.
 
Esto lleva a escenarios críticos. Profesionales de seguridad que cuentan con documentación vigente, pero que no reconocen condiciones inseguras, no saben cómo actuar ante una emergencia o no logran anticipar un riesgo evidente. El papel dice una cosa; la realidad, otra muy distinta.
 
Ejemplos que se repiten en el día a día. En una obra de construcción, un profesional de seguridad certificado supervisa trabajos en alturas. Nunca ha instalado un sistema de anclaje ni ha evaluado una línea de vida en condiciones reales. Confía en lo aprendido de forma teórica, pero no detecta una instalación deficiente. El riesgo no está en la norma, está en la falta de experiencia.
 
En otro contexto, una empresa contrata una capacitación obligatoria para su personal operativo. El curso se aprueba en una mañana, sin prácticas ni evaluación técnica. Meses después ocurre un incidente que evidencia desconocimiento básico de los procedimientos. La capacitación existió, pero la preparación nunca llegó.
 
Estos casos no son excepcionales. Son el resultado de un sistema que prioriza el cumplimiento documental sobre la competencia real.
 
Un problema cultural, no solo técnico. La raíz de este fenómeno va más allá de la oferta formativa. Existe una cultura que percibe la seguridad como una carga y no como una inversión. Bajo esa lógica, el objetivo es “pasar el curso”, no aprender; “tener el certificado”, no desarrollar criterio. Mientras esta mentalidad persista, las capacitaciones exprés seguirán encontrando demanda.
 
También hay responsabilidad en quienes venden seguridad sin ofrecerla realmente. Empresas que prometen cumplimiento normativo, pero no acompañamiento técnico. Que entregan certificados, pero no procesos formativos sólidos. Se apoyan en vacíos de control y en la urgencia del mercado para sostener modelos que priorizan cantidad sobre calidad.
 
El impacto en la profesión y en la confianza. Cuando ocurre un accidente y se descubre que el responsable estaba certificado pero no preparado, la credibilidad de toda la profesión se ve afectada. Profesionales de seguridad con formación sólida terminan pagando el costo reputacional de prácticas deficientes que se han normalizado.
 
La seguridad pierde valor cuando se percibe como un trámite más. Y recuperar la confianza es mucho más difícil que mantenerla.
 
Competencia real frente a cumplimiento aparente. Los marcos técnicos y normativos son claros al señalar la importancia de la competencia. No basta con asistir a un curso; es necesario demostrar comprensión, habilidades y capacidad de aplicar lo aprendido. La formación efectiva exige evaluación real, práctica supervisada y actualización continua.
Sin embargo, mientras el mercado premie lo rápido y lo barato, estos principios seguirán siendo ignorados. El resultado es una prevención débil, sostenida sobre documentos y no sobre capacidades reales.
 
Confiar sin fiarse: un criterio indispensable. Aquí cobra especial sentido la idea de confiar sin fiarse. Confiar en proveedores de formación y servicios de seguridad no implica aceptar cualquier oferta. Implica preguntar cómo enseñan, cómo evalúan, qué experiencia tienen y qué acompañamiento ofrecen después del curso.
Para las empresas, esto es una decisión estratégica. Creer que se cumple cuando en realidad se acumulan vulnerabilidades es un riesgo grave. Un accidente no solo tiene consecuencias humanas, también legales, económicas y reputacionales. Ningún certificado comprado protege frente a una investigación ni frente a la responsabilidad moral de haber fallado en el cuidado de las personas.
 
Para los profesionales de seguridad, el desafío es aún mayor. La integridad profesional no se delega. Aceptar atajos puede abrir puertas en el corto plazo, pero cierra muchas otras a largo plazo. La seguridad se ejerce con conocimiento sólido, criterio y ética, no con documentos vacíos.
 
Una reflexión necesaria para el sector. Las capacitaciones exprés, la compra de certificados y la formación sin rigor técnico conducen a un punto crítico: una falsa sensación de control. Y la falsa seguridad es uno de los riesgos más peligrosos, porque tranquiliza mientras expone. El sector necesita detenerse y reflexionar. ¿Queremos una seguridad basada en el papel o una seguridad basada en la realidad? ¿Una que cumple o una que protege? Elegir bien cómo y con quién formarse es, en sí mismo, un acto de prevención.
 
Tal vez ha llegado el momento de dejar de preguntar cuánto dura un curso y empezar a preguntarnos cuánto prepara realmente. Porque en seguridad, saber de verdad sí hace la diferencia.